ESPIRITUALIDAD Y VOCACIÓN

La espiritualidad marianista influye en el trabajo de los educadores formados en ella. Así, el espíritu de fe ayuda al profesor a ver en los alumnos personas creadas a imagen y semejanza de Dios; a trabajar para que sean no sólo competentes sino también dignos de confianza. Para los educadores de los colegios marianistas el conocimiento de las materias que enseñan y de las técnicas pedagógicas apropiadas debe completarse con el conocimiento de las dimensiones morales y espirituales de la educación.

El P. Chaminade quería que las obras educativas fueran no sólo comunidades funcionales sino comunidades fuertes en la fe. Para mantener unidas estas comunidades infundió y animó un "espíritu de familia" entre religiosos y seglares, profesores y alumnos, colegio y padres, de forma que todos mantuviesen unas relaciones de amistad y mutua confianza. Si un colegio debe ser una comunidad de fe, nuestro Fundador quiso que los educadores - seglares y religiosos- vieran en su trabajo no sólo una profesión sino un ministerio de amor y servicio.

La espiritualidad marianista pretende formar comunidades de fe, no sólo para bien de sus miembros sino para compartirla en la misión. Los colegios marianistas, por tanto, no sólo buscan una educación eficaz, sino que animan a alumnos y profesores a imitar a Jesús en su amor y servicio a los demás. Los educadores de los colegios marianistas tienden a combinar estas dos valiosas realidades: conocimiento y virtud.

En los colegios marianistas, como el nuestro, el auténtico éxito educativo consiste en que sus alumnos sean fieles al espíritu del evangelio y lo testimonien en su vida, formen comunidades de fe al estilo de las comunidades cristianas primitivas y se sirvan de sus conocimientos para trabajar en la transformación de la sociedad. Cuando trabajan en contextos predominantemente no cristianos, los educadores marianistas ofrecen el mismo ideal de forma apropiada, respetando y promoviendo la fe y la verdad allí donde se encuentren.

En la situación actual, esta misión parece casi imposible. Los medios de comunicación nos presentan diariamente escenas de extrema pobreza y hambre, guerras sangrientas y crueles opresiones políticas. Los educadores tienen la tentación de preguntarse si sus esfuerzos pueden ser eficaces para remediar las terribles injusticias del mundo. Trabajamos para aliviar las necesidades inmediatas y nos esforzamos para conseguir una mayor justicia social, pero tenemos que recordar que las necesidades más profundas son las que nosotros solos no podemos remediar. El hambre más profunda es el hambre de amor, el hambre de Dios. La liberación más auténtica es la libertad de ser hijos de Dios en unión con todos los hombres. Y el conocimiento más valioso no es la mera comprensión cognitiva sino el que procede del amor a los demás. Los educadores que transmiten el saber para hacer crecer el amor siembran semillas que producen frutos duraderos y preparan el campo en el que puede crecer una cultura impregnada de vida, de paz y de amor. Nuestras comunidades educativas han de esforzarse por testimoniar la esperanza de que esta misión es posible.