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FUNDADORES

GUILLERMO JOSÉ CHAMINADE (1761-1850) El Fundador de la Familia Marianista nace en Perigueux, (Francia) el 8 de Abril de 1761, en el seno de una modesta familia de artesanos y comerciantes, siendo el decimocuarto y último hijo de Blas y Catalina. De su madre aprendería los fundamentos de la fe y el amor devoto a María, y del padre la capacidad de trabajo y la visión pragmática de la vida. Sus primeros estudios los realiza en su ciudad natal, pero luego marcha a Mussidan, junto a sus hermanos que son parte del colegio-seminario fundado por la congregación sacerdotal de San Carlos. Allí es preparado a los sacramentos de iniciación por su hermano Juan Bautista, su primer catequista. Al recibir la Confirmación añade por voluntad propia el nombre “José”, a su nombre de bautismo, para expresar su profundo amor a María y su esposo, su más fuerte apoyo. Con los años en su firma minimizaría el “Guillermo” y destacaría el “José”. Para este tiempo Chaminade ya ha peregrinado una vez al santuario de Verdelais para dar gracias por una curación, y ahora visita a menudo la pequeña iglesia de Nuestra Señora de la Roca, en el mismo Mussidan, junto al río, desarrollando su profunda devoción mariana.

Con el tiempo Chaminade siente el llamado de Dios y aunque no se conoce el lugar ni fecha exacta de su ordenación, pero pronto lo vemos trabajando ya de sacerdote junto a sus hermanos en el colegio de Mussidan., sin embargo en 1789 estalla la Revolución en Francia, y al año siguiente se aprueba la Constitución Civil del Clero, que convierte a los sacerdotes en funcionarios del estado, y en instrumentos de una “iglesia nacional”. Luego todo cambiaría.

Guillermo José, junto con sus hermanos y con otros muchos sacerdotes, están decididos a no firmar, aunque hay otros que sí lo hacen, lo que provoca un cisma en el clero francés. En el tiempo del terror, Guillermo José va a Burdeos pues por ser una ciudad más grande entiende que tendrá mayor urgencia de sus servicios religiosos. Fueron dos años cargados de ansiedad y dificultades en la diócesis de Burdeos, en los que algunos lo llamaban el “San Vicente de Paúl bordelés”. Disfrazado de calderero o de vendedor ambulante, visita enfermos, celebra los sacramentos (de forma clandestina) y todo en estrecha colaboración con seglares muy comprometidos en esta nueva época de catacumbas en Francia.

Tras la caída de Robespierre en 1796, ejerce una labor importante ayudando a reconciliar a los sacerdotes juramentados y al resto de la Iglesia, germinando en él la idea de reconstruir la Iglesia a través de los jóvenes: abre varios oratorios y lugares de reunión para ellos.

En 1797, con los jacobinos de nuevo en el poder, recibe la orden del destierro y marcha a Zaragoza donde pasaría tres años, animado al ver el ambiente popular de celebración de la fe, y realizando obras de artesanía para poder vivir, mientras comparte con otros religiosos sus planes y preocupaciones. A los pies de la Virgen del Pilar, Chaminade siente que María está señalando que hace falta una nueva manera de trabajar su misión y desde entonces la figura de María, en su advocación del Pilar será muy querida por la Familia Marianista, y ésta la extenderá por todas partes. Como Ella en la columna, “fuertes en la fe”, portando a Jesús, convocando una gran comunidad misionera al servicio de la fe en el mundo.

Un precursor de los movimientos de apostolado seglar

Guillermo José Chaminade regresa a Francia en 1800. Desde entonces, hasta su muerte en 1850, toda su historia va a ser el desarrollo progresivo y a la vez complejo, de esa nueva manera de concebir la evangelización y la iglesia, que ha madurado en él. Al revés que muchos fundadores, lo primero que hace es trabajar con los seglares. Nada más llegar funda la “Congregación de la Inmaculada”, primero con los jóvenes, después con adultos, hombres y mujeres, con los que quiere formar verdaderas comunidades de fe y de misión en la diócesis. Las reuniones y celebraciones en la Iglesia de La Magdalena, en pleno centro de la ciudad (que hoy sigue siendo la iglesia marianista de Burdeos), tienen un gran impacto por el nuevo estilo de trabajo eclesial con la juventud. Todos los grupos sociales están representados. Y al comprometerse, lo hacen con una “consagración misionera”, haciendo alianza con María, para hacer lo que Jesús les diga. Este sentido mariano y misionero será el que marque la espiritualidad de la familia…Será un sello original del carisma.

En esos años conoce a través de cartas a una joven noble, Adela de Batz de Trenquelléon, que está implicada también en una asociación de formación de la fe y misión. Adela, tras conocer la obra de Burdeos, se une al proyecto de la Congregación de la Inmaculada.

Una Vida consagrada con acentos nuevos

Pero a los pocos años, es Adela misma, junto con algunas amigas, la que va a dar un primer paso nuevo en la naciente familia marianista, y fundar una congregación religiosa en colaboración con Chaminade. El 25 de Mayo de 1816 nacen en Agen las “Hijas de María Inmaculada” (FMI). Un año más tarde, es un joven congregante seglar, Juan Bautista Lalanne, el que se pone a disposición del fundador para la misma aventura. El 2 de Octubre de 1817, en la finca de San Lorenzo, de Burdeos, los siete primeros marianistas, deciden fundar una comunidad. Ha nacido la “Compañía de María” (SM).

Esta obra es una congregación original en su estructura, mucho más para la época, pues reúne a sacerdotes y laicos en pie de igualdad. Es la “Composición mixta”, que representará en la Iglesia un modelo nuevo de congregaciones religiosas “mixtas”, ni clericales ni laicales. Esta estructura, tal como la encarnó la SM, fue al principio difícilmente aceptada por la misma Santa Sede. Sin embargo la Compañía de María la tiene como uno de sus mayores tesoros, pues supone un modelo integrador y original en la Vida Religiosa masculina.

Ya se ha completado la triple fundación. Desde entonces serán treinta años de desarrollo y animación de estas tres ramas de la familia, los grupos de seglares, las religiosas, y los religiosos. La misión es universal, y esto supone una disponibilidad para acoger diversos compromisos de evangelización. Siguiendo el ejemplo de los seglares, la Compañía de María y las Hijas de María se implican en la tarea educativa, pero siempre desde una intención de formación en la fe y de extender las comunidades de fe. Ambas congregaciones están incluso llamadas a trabajar por y con los seglares.

Las Hijas de María empiezan a dejar una impronta de evangelización importante en el sudoeste francés, mientras la Compañía de María se extiende también hacia Alsacia. La Pedagogía Marianista empieza a hacer camino: un método pedagógico propio, nuevas asignaturas, libros escritos por los mismos maestros, y algunas iniciativas de formación del profesorado: los primeros pasos hacia las escuelas de Magisterio en Francia son frutos de esta acción educativa y formativa marianista.

Los diez últimos años de la vida de Guillermo José fueron sin embargo difíciles para todos y dolorosos para él, pues algunos de los primeros discípulos presionaron indebidamente para que se retirara como superior general, e incluso le cortaron toda relación con sus fundaciones. Tuvo que llegar una investigación histórica en el siglo XX sobre su figura para dejar clara su posición y su fidelidad heroica hasta el final. Murió en Burdeos el 22 de Enero de 1850. Su beatificación el 3 de Septiembre de 2000, a los doscientos años de su primera fundación, y a los ciento cincuenta de su muerte, es todo un signo para la Iglesia.

El valor de Chaminade: Un profeta en tiempos de cambio

Cuando un cristiano no se desconcierta o encierra en medio de la crisis, sino que trata de ser fiel en ella a su fe, y a la vez salir renovado, como entreviendo una nueva etapa, abriéndose al futuro, es que entiende la fe como una vocación de progreso. Cuando esa crisis se llama Revolución francesa, y ese cristiano es un sacerdote de Burdeos, llamado Guillermo José Chaminade, tenemos ante nosotros una creación eclesial original y compleja, como lo es la Familia Marianista.

Chaminade se comporta paradójicamente, en medio de la revolución, no como un nostálgico de lo que se está perdiendo, sino como un profeta de lo que está llegando, de lo que Dios quiere. Acertadamente dijo de él Juan XXIII, cuando declaró sus virtudes heroicas: “Con toda justicia se le considera como un pionero y un precursor”. Chaminade intuye los signos de los tiempos, el cambio social y de valores que provoca la Revolución, y responde cristianamente: da un sí a la Libertad como apertura y encarnación, como estilo de tolerancia y respeto a la conciencia personal, con sentido de adaptación; da un sí a la Igualdad creando una congregación religiosa en la que laicos y sacerdotes trabajan unidos con los mismos derechos y deberes, en un proyecto común y complementario; da un sí a la Fraternidad, impulsando la creación de verdaderas comunidades de fe, vida y misión, de seglares, de religiosas y religiosos, imprimiendo en ellas el sello de la sencillez, la cordialidad, el espíritu de familia.

Toda su espiritualidad se puede resumir en el misterio de la Encarnación: vivir de la fe, como María, para acoger como Ella, la Palabra que viene a nuestras vidas, que toma carne. El “espíritu de María”, su estilo evangélico de caminar, nos impulsa a formar en nosotros la persona de Jesucristo, y nos lleva siempre a escucharle, a creer en El, y a actuar haciendo vida su palabra: “Haced lo que El os diga”. Encarnación misionera en nuestro mundo de hoy.

La Familia Marianista hoy

Guillermo José Chaminade y Adela de Trenquelléon, fundadores de la Familia Marianista, dejaron tras de sí una estela profunda en la comunidad eclesial. El río de vida que ellos recorrieron llegó al mar, pero desde ahí se expandió su carisma por el mundo. Su espíritu continua vivo en muchos hombres y mujeres, que en más de treinta países del mundo forman parte de los dos Institutos religiosos, la Compañía de María y las hijas de María, y de las Comunidades Laicas Marianistas, movimiento seglar heredero de la Congregación de la Inmaculada. Queriendo tener a Cristo como centro de la vida, quieren vivir de la fe, formados por María, y comprometidos en una comunidad de misión. Ese es el carisma marianista, don de Dios a la Iglesia, y testimonio de que hoy como ayer también es posible vivir en toda su profundidad y alegría el Evangelio de Jesús.